La frase pagan justos por pecadores quizá no sería la más apropiada para señalar que con la reciente ola de refugiados afganos, provocada por una guerra fracasada (¿o no? para la industria armamentista ha sido todo un éxito, por ejemplo), son varios países los que tienen que lidiar con este flujo migratorio. Por otro lado, es un acto totalmente humanitario dar acogida a todas las personas que por ciertas circunstancias quieren salir de Afganistán; pero que quede claro, lo que causaron Estados Unidos y sus aliados se vuelve un asunto de seguridad nacional para otros países de la región y un asunto más a tratar para los buenos samaritanos que, como México, darán refugio a muchos.
Entre algunas potencias occidentales está el compromiso de dar refugio particularmente a los civiles que ayudaron en los operativos militares durante
20 años a las fuerzas estadounidenses y de la OTAN; sin embargo, países como Irán,
quien ya tiene en su territorio unos 780.000 afganos, ha dado instrucciones
para rechazar a todos los afganos que se presenten en los puestos fronterizos.
Turquía cuenta con 129.300 afganos en su suelo, lo que se suma a los 3.6 millones
de refugiados sirios y otros casi 320.000 de otras nacionalidades, por lo que
resulta lógico que su presidente, Erdogan, se haya comprometido a terminar de
erigir un muro en la frontera con Irán para contener a los afganos que están
cruzando. Pakistán, quien tiene el mayor número de refugiados afganos, 1.450.000,
ha aumentado los procedimientos de verificación para permitir la entrada.
Las imágenes que se han difundido de personas intentando desesperadamente
escapar de suelo afgano, a primera vista es consecuencia del terror que sienten
por la toma de control de un grupo radical que no respeta nada ni a nadie, los talibanes. No se trata de aceptar
que no haya muchas personas que sientan la necesidad de huir de un país
sumergido en la violencia y la inestabilidad, pero también hay que prestar atención a los
cientos o miles de colaboradores
afganos (se puede leer mercenarios también) que ayudaron a las fuerzas
intervencionistas, en lo que costó la vida de muchos de sus mismos connacionales.
Lo bueno es que Afganistán es un
Estado fallido, si no, esos colaboradores serían acusados por alta traición; lo malo es que las deslealtades
se pagan con la muerte o con la misma moneda.
El presidente ruso, Vladimir Putin, ha alertado a sus
vecinos de Asia central que deben mantener a raya el desbordamiento desde
Afganistán del extremismo islámico después
de la toma del poder por los talibanes. Su preocupación radica en la cuestión
de saber quiénes están entre los
refugiados, y en el que, después de un colapso
de la seguridad, se podría ver a terroristas
entrar en los estados vecinos bajo la apariencia
de refugiados. No sería de extrañar que algunos países de la región se
muestren reacios a abrir sus fronteras para la recepción de migrantes teniendo
en cuenta estas advertencias.
Para el analista internacional Thierry Meyssan, Putin sabe
perfectamente que entre los que intentan huir están precisamente los
colaboradores y mercenarios a sueldo de las potencias occidentales. Meyssan
afirma que los afganos que intentan huir colgados
de los aviones (¿cuánto miedo tendrán?) no son precisamente traductores de
las embajadas occidentales sino agentes de la Operación Omega, iniciada por la presidencia de Obama: miembros de
la Dirección Nacional de Seguridad (NDS) y de la Khost Protection Force (KPF) que se encargaban de torturar y
asesinar a afganos que se oponían a la ocupación extranjera. Esta última, la KPF, una fuerza paramilitar respaldada por la CIA, cuenta con un cúmulo de atrocidades según documenta
Foreing Policy, y de la cual se esperaba, o espera, por parte de muchos
afganos, su disolución después de la retirada de Estados Unidos. Es muy probable que los talibanes arremetan contra estos como represalia del
bando en el que eligieron estar.
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