Para entender un poco más la actual guerra en Ucrania, es necesario recordar que en el año de 2014 se orquestó un «golpe de Estado» que depuso a Viktor Yanukóvich, ex presidente de Ucrania de 2010 a 2014.
En este golpe participó activa y públicamente Victoria Nuland, una política de primera línea de Estados Unidos, que en ese tiempo era Subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos. Ella es una de las promotoras de la ocupación de Irak, siendo asesora de política exterior del ex vicepresidente Dick Cheney en la administración de George W. Bush, y prácticamente participe en las guerras que ha librado Estados Unidos en el Medio Oriente.
Nuland asistió alentando en la Plaza Maidán a los grupos opositores, de corte fascista, al gobierno. Desafortunadamente para ella, se hizo pública una conversación telefónica con el embajador de Estados Unidos en Ucrania, donde trataban el tema de quién sería el próximo presidente de entre la oposición después de derrocar a Yanukóvich; cuando el embajador le refirió que tenían que platicarlo con sus socios europeos, ella profirió: «al carajo con la Unión Europea»; lo que da muestra de que Estados Unidos encumbraría un gobierno alineado a Washington. No obstante el desprecio a los europeos por parte de Nuland, propuso la incorporación de Ucrania a la Unión Europea.
Haciendo un paréntesis, cabría resaltar que, dado el perfil y el historial de Victoria Nuland, y clara adversaria de Moscú, esta alta funcionaria tenía prohibido la entrada a Rusia; pero incluso antes de la escalada del conflicto, fue recibida para escuchar las razones de Estados Unidos. Encuentro que no fue productivo.
Consumado el derrocamiento de Yanukóvich, la población de las provincias de Luhansk y Donestk rechazaron al nuevo gobierno que identificaban claramente como un grupo fascista con el apoyo de grupos neonazis. A partir de ahí estas provincias pro rusas se rebelaron contra Kiev y comenzó un enfrentamiento entre el gobierno central de Ucrania, con apoyo de Estados Unidos y la OTAN, contra las provincias orientales de Luhansk y Donestk, apoyadas por Rusia; aunque claro, todo esto desde abajo de la mesa.
Para llegar a un cese al fuego entre las partes se creó un grupo de reunión que se le conoció como el Cuarteto de Normandía, donde participaron Ucrania, Rusia, Francia y Alemania, excluyendo a los estadounidenses. De estas negociaciones se crearon los Acuerdos de Minsk para estabilizar la región oriental ucraniana conocida como Donbass. Sin embargo, estos acuerdos suscritos no se cumplieron cabalmente.
Las comunidades de Luhansk y Donestk desde un principio manifestaron su deseo independentista, alegando el embiste de los batallones de Kiev atentando contra la población civil. Sin embargo, Rusia decidió no reconocer su independencia, esto es un punto que en Occidente no se dice, aunque por supuesto seguía suministrando armamento para su defensa.
Una de las últimas violaciones de los Acuerdos de Minsk fue un ataque con un dron de producción turca a la región del Donbass, cuyo uso fue confirmado por el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Ucrania. En los acuerdos se estipula claramente que se prohíben los vuelos de aviones de combate y de vehículos aéreos no tripulados en esa región.
La situación ya era insostenible, pues desde Kiev incluso se prohibía la enseñanza en ruso a pesar de que la mitad de los ucranianos habla ese idioma.
Putin ha denunciado un genocidio en las regiones separatistas del este del país, derivados de este enfrentamiento. Occidente niega esta acusación, pues alude a que no hay pruebas, aunque reconoce que el saldo de muertes desde el 2014 es de 14.000 aproximadamente y entre estos más de 3.400 civiles según datos que tiene Naciones Unidas. Si tantas muertes por una guerra fraticida auspiciada desde el exterior no se considera un genocidio, algo no se razona bien. Por lo que esta guerra no es de hace días, es de hace 8 años.
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